Mi lugar de enunciación

Jean Paul Saumon (1991) Ibaguereño.

Profesional en Filosofía y Letras. Artivista y poeta
Twitter: @JPSaumon

Nací hombre. Eso dijeron al verme las güevas. Fui el niño de mami y el primogénito de mi padre. Pero no todo salió como esperaban. 

Ese niño que soñaban ver como un hombre con esposa e hijos se quedó en sus sueños de parir patriarcas. Ese niño torció su camino de macho. Ese niño no jugaba con niños, ese niño prefirió jugar con niñas porque no quería ser golpeado, ese niño miraba a los niños y se sonrojaba, ese niño fue una mariquita escondida en un jardín de burlas. 

De mi padre aprendí los golpes. De mi madre las caricias y el afecto. Aunque admiré a mamá y a las mujeres que veía con sus bellos vestidos, sus relucientes joyas y su espléndido maquillaje; aunque me sentía más femenino que otros chicos, nunca sentí que necesitara convertirme en una mujer para ser quien quería ser. 

Quise ser un hombre. Guapo, como los príncipes de los que estaba enamorado. Mi masculinidad surgía de mi atracción irrevocable por los hombres, de ese gusto desbordado por la virilidad, un deseo que ha definido toda mi vida. 

¡No sé qué me enamoraba de los varones! Esas miradas profundas de los hombres, sus cortes al ras que dejaban ver sus tersas nucas, sus fuertes manos apretando las mías, sus muslos vigorosos en el campo de fútbol, sus pies que añoraba descalzar y masajear. Ese bulto lujurioso que incitaba en mi toda la lujuria de la pubertad. 

Crecí con todos los privilegios, pero también con los castigos de ser hombre. No me enseñaron a lavar mi ropa, ni a cocinar, ni a coser, ni a limpiar; esas labores no fueron para mí. Me educaron para crecer intelectualmente sin enseñarme el cuidado de mí mismo y del hogar. Nunca sentí el acoso, ni el miedo de caminar solo en la calle. Bueno… Sí lo sentí pero ser hombre era un arma y un escudo; como hombre debía asumir la actitud altanera para andar en la calle y así sentirme seguro. Aún asumo esa actitud cuando camino solo en la noche por las calles. Me enseñaron a darle la silla a las mujeres y ser un caballero. Esos micromachismos paternalistas tan difíciles de abandonar. 

Al comenzar a salirme bigote le sugirieron a mi mamá llevarme a un prostíbulo para ‘probar’ mi hombría con una mujer y salvarme del pecado de ser maricón. También me incitaron muchas veces a pelear para demostrar que era un macho y tuve miedo cuando me amenazaban los milicos con llevarme al batallón para ir a la guerra. Todo por ser hombre. 

Fue con el tiempo que aprendí a desnaturalizar todo aquello, a entender que esos privilegios no solo me evitaban los trabajos duros del hogar, sino que me hacían un desconsiderado, un acomodado, también una amenaza. Entendí que las mujeres no debían hacer esas labores por ser mujeres, que ser mujer no significaba ser una esclava. Pero, lo que más motivó mi toma de consciencia fue conocer la violencia brutal contra esposas, madres y compañeras por parte de hombres; fue escuchar las historias acumuladas de violencias que vivió mi madre, fue incomodarme profundamente con los silbidos de los muchachos del barrio a las chicas que pasaban, fue estudiar la historia de exclusión y opresión histórica de las mujeres.

 Por eso tomé posición al lado de ellas, las mujeres, quienes siempre estuvieron ahí defendiéndome de la violencia de los hombres cuando me querían buscar pelea, quienes fueron mis compañeras de estudio y me explicaban magistralmente los temas de la clase, quienes creyeron en mí y me aceptaron, quienes fueron y han sido siempre mis cómplices. 

Me nombré feminista no para usurpar el lugar de representación de las mujeres, ni para decirles cómo hacer las cosas. Lo hice para asumir una posición como hombre, como el hombre fallido que traicionó al patriarcado y está comprometido en combatirlo, como el maricón que vivió la burla y la violencia de los machos heterosexuales. Asumir eso me ha traído también muchos más insultos de los machos antifeministas que desde su misoginia nos llaman ‘manginas’ por estar del lado de las mujeres al igual que de los hombres a los que recriminamos sus comportamientos machistas en nuestros círculos más cercanos. 

Si me dicen que no me debo de nombrar feminista porque ese título solo puede ser llevado por las mujeres porque esa es su lucha, bueno… me dejo de nombrar feminista. Si dicen que tampoco puedo ser aliado del feminismo porque no existen los aliados, porque los hombres se camuflan en ese discurso aliado para acosar y seguir agrediendo a las compañeras, lo entiendo. Sé que muchos hombres son así, son lobos camuflados de ovejas, yo los conozco. Si algunas mujeres trans creen entonces que tampoco debo hablar sobre la defensa de las vidas e identidades de las mujeres trans porque no soy una mujer trans, lo entiendo; nunca querré hablar por ellas, al contrario, siempre querré que ellas sean las que hablen y participen masivamente. 

Si creen que por defender la participación de las mujeres trans dentro del feminismo soy un enemigo del feminismo, piensen lo que quieran, siempre defenderé la identidad de género de mis amigas trans. Siempre estaré en contra de la transfobia, venga de donde venga. Y si me quieren llamar machista, machirulo, feministo por ser un hombre que defiende el feminismo pero que no le es permitido hablar de feminismo por tener pene, pues bueno… díganlo, eso no me impedirá seguir admirando los feminismos ni me frenará en acompañar a mis compañeras cuando lo necesiten. Marcharé y lucharé cuando sea necesario, así sea en la última parte de la marcha. 

No pretendo estar librado de todo machismo, de toda misoginia y toda transfobia. Todxs crecimos en esa cultura patriarcal, hombres y mujeres reproducimos esas actitudes y prejuicios. Lo importante es acompañarnos para emanciparnos juntxs.

No escribo esto para recibir elogios por ser un hombre ‘deconstruido’, para que alaben mi ‘nueva masculinidad’, ni nada de eso. Tampoco para generar lástima y mucho menos para atacar al feminismo; de hecho, es una declaración de amor al feminismo que tanto me ha enseñado. 

Como todo lo que escribo, lo escribo para mí y comparto mi pensamiento para lxs que quieran leerme y resonar conmigo. Lo escribo porque necesito describir el lugar desde donde hablo, mi lugar de enunciación. Defender las causas de las mujeres no quiere decir que yo sea un seguidor ciego de esta o cualquier causa; tengo mi propio criterio, soy crítico. Tengo mis diferencias, por ejemplo, no asumir tomar una posición clara ante las violencias ejercidas por mujeres, que, aunque las cifras sean menores que la violencia ejercida por los hombres también existe y debe ser abordada desde una lectura feminista; la reproducción de discursos misándricos y transfóbicos en el feminismo, fundada en un esencialismo amenazador y peligroso; y las actitudes dogmáticas que impiden cualquier discusión argumentada. 

Pero bueno… Gracias a las diosas existen muchos feminismos, menos mal el feminismo es plural, es ese movimiento diverso, esa praxis personal y política que me[nos] sigue enseñando a emancipar[nos]me como hombre[s], como maricón, como sujeto rebelde e insubordinado; es desde esa trinchera desde la cual quiero seguir construyendo, al lado de las mujeres y las disidencias sexuales y de género, sin querer protagonizar ni representar a nadie, más que a mí mismo. Creo que existen formas feministas de vivir nuestras masculinidades, muy necesarias si queremos derrotar juntxs al cisheteropatriarcado. Se puede ser hombre y abrazar el feminismo. Esa no es una derrota, es una victoria de las mujeres.