Aunque la masculinidad se vista de seda…

Wilman Alonso Rúa Sierra

wilman.alonso.rua@gmail.com

Trabajador Social

Candidato a magíster en Género, Sociedad y Política de Flacso

Disidente sexual y de género

Cuando me invitan a escribir para este medio cuyo nombre parece salido de un cuento de García Márquez, Caballito de Mar, me llama poderosamente la atención que la temática sobre la cual se me invita a reflexionar es sobre la masculinidad. Lo interesante es que aparecen adjetivos tales como “no hegemónicas, disidentes y nuevas masculinidades”; como formas alternativas de nombrar el sujeto universal denominado hombre, “generizado” como masculino. 

Para iniciar conviene decir que en este texto se entiende el género como una categoría de análisis que se refiere al tratamiento de las diferencias sociales y del poder que existe entre varones y mujeres. Y por generización, de acuerdo con los aportes de Julia Serano, activista y académica trans, como el proceso activo e individual de asignar compulsivamente un género determinado a todas las personas; por lo tanto, la categoría masculino o femenino hacen parte de esta producción cultural -arbitraria, además- que determina la cualidad del “varón” y la “mujer” de acuerdo con los estándares que cada sociedad determina. 

Me monto entonces en este Caballito de Mar en momentos en que estoy leyendo Testo Yonki de Paul B. Preciado, y donde mi pregunta por la masculinidad y la feminidad está atravesada, además, por una lectura crítica de la producción de estas ficciones en el marco del capitalismo neoliberal.

Por lo tanto, quiero empezar manifestando que este texto surge de mi profunda convicción de que las ideas y relatos sobre la masculinidad, la feminidad, así como las categorías mujer, hombre, heterosexualidad y homosexualidad; hacen parte del mismo relato histórico del proyecto moderno, igual que las ideas de Estado, democracia y  ciudadanía; en tanto construcciones históricas destinadas a la normalización y disciplinamiento de las sociedades preexistentes, es decir, de la sociedad de los mitos, de los rituales, de la hechicería y de los conocimientos ancestrales. 

En este sentido entiendo la masculinidad como una ficción política, un artificio del disciplinamiento social de Occidente en un mundo cuya lógica binaria no permite otras experiencias sexogenéricas más allá de los límites que impone el régimen hetero patriarcal. 

Monique Wittig (1992) plantea de manera muy profunda y rigurosa que la idea del género masculino, en tanto forma universal, es apropiada por los hombres y señala que éstos no nacen con una facultad para lo universal y mucho menos las mujeres, están reducidas desde su nacimiento a lo particular.

Por lo tanto y siguiendo esta línea de pensamiento de la cual hace parte Paul B. Preciado, Judith Buttler, Teresa de Lauretis entre otrxs; la idea de masculinidad y feminidad son producciones biopolíticas que se construyen en el marco del capitalismo moderno, producciones que alimentan la idea de un sistema mundo que tiene por destino la producción de sujetos para el mercado y el consumo.

Desde los años 50, luego de las guerras mundiales, emerge como categoría política el género en los estudios del psicólogo Jhon Money.  Desde entonces, según Paul B. Preciado, la humanidad ha experimentado como nunca el crecimiento de las tecnologías de producción del género a través de la industria del cine,  farmacéutica, pornográfica, estética y científica; controlando a través de dispositivos como la televisión, las hormonas, las píldoras y más recientemente con el auge de las redes sociales y plataformas para acceder al mercado sexual, la producción del cuerpo y el género a partir de la apropiación económica del placer.

Si bien es importante señalar que existen actualmente críticas significativas alrededor de la categoría de la masculinidad como proponen autoras como  R.W Connell (2003)  al conceptualizar la masculinidad hegemónica entendida como un tipo de masculinidad que se impone como la única posible, con los valores asociados a ésta como la fuerza, ampliando la posibilidad de resignificarla con denominaciones como masculinidades no hegemónicas, nuevas masculinidades o masculinidades alternativas, mi postura es mucho más crítica ya que cuestiona la idea misma de masculinidad en tanto producto de la modernidad, cuya trayectoria histórica ha estado cargada de autoritarismo, segregación, negación y jerarquización de las experiencias vitales.

Pensar la masculinidad con otros atributos es igual de inocente que pensar el capitalismo con ropaje verde o rosa, pues éste seguirá siendo un sistema construido sobre la base de la explotación humana. Por lo tanto, no es suficiente con vestir o nombrar las masculinidades desde otras perspectivas si no nos embarcamos en un Caballito de Mar que se piense otros mundos posibles, pues cuando asumimos nuestras identidades desde estas categorías, legitimamos el contrato sexual que se pactó desde el proyecto moderno fundante de toda forma de jerarquización y opresión de la vida.